Emilia Pardo Bazán, faro del feminismo

Se conmemora en 2021 el centenario de la muerte de Emilia Pardo Bazán. De la autora gallega conocemos todos su faceta de escritora, que en mis tiempos de bachiller los libros de literatura encasillaban dentro de la corriente del naturalismo –tan denostada en los sectores más conservadores de nuestro país–, aunque nada nos especificaron entonces de su vertiente feminista. Y eso que la escritora fue una pionera en el campo de la defensa de paridad entre sexos.

 

En términos de igualdad siempre ha sido difícil ser mujer –aquí y en cualquier lugar–, pero querer competir literariamente con los hombres lo era aún más en su época. Tal es así que varias escritoras de los siglos XIX y XX se vieron forzadas a utilizar seudónimos masculinos para poder publicar (algunas, incluso, escribieron para sus maridos, como la francesa Colette; o teniendo que obedecer los prejuicios de los editores, como Joanne Rowling, la autora de las novelas de Harry Potter –esta, como quien dice, ayer mismo–).

 

Doña Emilia, como todas las mujeres de entonces, tuvo que abrirse camino con dificultad frente a un mundo masculino que ni siquiera las admitía en las aulas universitarias, con lo cual partían con una clara desventaja con respecto a los varones. Su preparación tuvo que ser forzosamente intuitiva, aunque en su caso se vio favorecida por una posición económica que le permitió acceder a la completa biblioteca familiar y leer cuanto se ponía al alcance de su mano. Ella misma lo refiere en sus Apuntes autobiográficos: «Era yo de esos niños que leen cuanto cae por banda, hasta los cucuruchos de especias y los papeles de rosquillas; de esos niños que se pasan el día quietecitos en un rincón cuando se les da un libro, y a veces tienen ojeras y bizcan levemente a causa del esfuerzo impuesto a un nervio óptico endeble todavía. Obra que cayese en mis manos y me agradase, la leía cuatro o seis veces, y de algunas, señaladamente del Quijote, se me quedaban en la fresca memoria capítulos enteros, que recitaba sin omitir punto ni tilde».

 

Primero se le negó esa formación académica. Luego, incluso conocida y considerada socialmente, se rechazó su acceso a la Real Academia Española de la Lengua (la negativa se produjo hasta en tres ocasiones: 1889, 1892 y 1912), y a la propia universidad como profesora (pese a que había impartido en el Ateneo madrileño lecciones sobre la novela rusa, dando a conocer en nuestro país a sus grandes autores). Con ambas negativas los académicos pudieron seguir tranquilamente apoltronados en sus sillones, sumidos en su habitual e inmóvil medianía, sin tener que soportar opiniones incómodas.

 

Si bien en la mayor parte de las obras de Pardo Bazán destaca la defensa a ultranza del feminismo –que no es otra que preconizar que la mujer tiene iguales derechos y oportunidades que el hombre–, es en La mujer española (1890) donde la autora gallega se constituye en verdadero faro de la reivindicación femenina. Dos años más tarde de esa publicación, en 1892, en una conferencia titulada «La educación del hombre y la mujer» dejó bien a las claras su visión del momento educativo nacional, en una frase que ha permanecido en el tiempo y corre en la actualidad como reguero de pólvora por las autopistas de Google: «La educación de la mujer no puede llamarse educación, sino doma, pues se propone por fin la obediencia, la pasividad y la sumisión». 

 

Tiempo después, Pilar Primo de Rivera, reflejo ideológico de los oscuros tiempos de corte dictatorial, proclamó entre otras aberraciones que «El hombre es el rey; y la mujer y los niños las ayudas, los necesarios complementos para que el hombre alcance su plenitud».

 

Lo que demuestra que en la defensa de la libertad y el feminismo tenemos que permanecer acechantes, porque el peligro de la involución está siempre ahí.

 

Ejemplos hay por doquier.

 

 

Jesús Herrán Ceballos, escritor y editor

 

 

 

 

  

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