Cuéntame un cuento

Por Eva Cobo

 

“A menudo damos por sentado las cosas que más merecen nuestra gratitud”. Esta frase de la escritora neoyorkina Cynthia Ozick toma todo el sentido si hablamos de igualdad. Derechos y libertades que a muchas jóvenes mujeres pueden parecer obvios, porque han nacido con ellos, y no eran tales hace no tantos años.

 

El acceso a la universidad, a la vida pública y política, al ejército y a los cuerpos de seguridad, a todo tipo trabajos…, incluso el derecho al voto. Son realidades que las mujeres debemos agradecer a la lucha feminista y a todas las mujeres que nos precedieron y que se revelaron, en las grandes reivindicaciones y en el día a día, frente a las limitaciones y prohibiciones que sufrían.

 

Para quienes reconocemos y agradecemos esa lucha tenaz y difícil de muchas mujeres anónimas, que en su vida cotidiana trabajaban por arañar cada día un poquito más de libertad, para ellas pero sobre todo para sus hijas, para sus nietas, es doloroso ver cómo algunos y algunas jóvenes dilapidan lo conseguido.

 

Algunas jóvenes están permitiendo un retroceso en la igualdad y tolerando comportamientos machistas que la lucha de generaciones pasadas había conseguido aislar y repudiar. Especialmente en el ámbito de las relaciones sentimentales.

 

Adolescentes y jóvenes mujeres, que dan por hecho que pueden cursar cualquier estudio y desempeñar cualquier puesto de trabajo, incomprensiblemente, consienten que sus novios o parejas ejerzan sobre ellas control, vigilancia, imposición… “No vistas así”, “No me gusta tu amiga”, “¿Con quién hablas en WhatsApp?”, “Si me quieres dame tu clave de Instagram”…

 

Es indudable que la manera de comunicarse y de relacionarse entre adolescentes ha cambiado, pero los jóvenes machistas han encontrado en  las redes sociales un gran aliado para desarrollar mecanismos de control sobre sus parejas.

 

Algunas adolescentes, a estas alturas siguen creyendo en cuentos de princesas de la peor forma posible; en esos cuentos donde la protagonista es una mujer desvalida que debe ser salvada, en los que acepta el secuestro/maltrato de la bestia/príncipe porque el amor lo justifica y en los que se perpetúan los estereotipos machistas.  

 

Como en esos cuentos, el control se entiende como una muestra de amor  y  el machismo como un mal entendido romanticismo. Chicas muy jóvenes, adolescentes, asumen un rol de dependencia en la pareja que las aboca irremediablemente a ser potenciales y muy probables víctimas de violencia de género. Ahora o en el futuro.

 

Muchos padres y madres nos lo preguntamos. Pero quienes tenemos alguna responsabilidad pública debemos también hacerlo. ¿Por qué generaciones de jóvenes mujeres, la mayoría educadas en igualdad, en familias donde las mujeres son independientes y los hombres practican y defienden la igualdad, permiten todo eso? ¿Por qué algunos jóvenes, hijos y nietos de esas mujeres y esos hombres iguales, practican comportamientos machistas que sus padres ya habían desterrado?

 

¿Qué factores influyen en ese retroceso?¿La familia y la sociedad hemos dado por hecho derechos y avances y hemos olvidado trabajar en su mantenimiento? ¿Falta de motivación?, ¿falta de reglas?, ¿pérdida de valores?, ¿pérdida de privacidad causada por las redes sociales?....

 

Es nuestro reto y obligación luchar contra esta desigualdad emergente. Para ello es necesario destacar el papel de la familia en nuestra sociedad. Recuperar esos valores que muchas veces, en las prisas del día a día, hemos dejado apartados. Que nuestras jóvenes, no solo valoren los esfuerzos que hicieron sus madres y sus abuelas en materia de igualdad, si no que éstas sean el espejo en el cual mirarse.

 

No podemos, no debemos dar nada por sentado. Se lo debemos a nuestras madres y a nuestras hijas.

 

 

Eva Cobo, concejala de cultura, educación, juventud y turismo en el Ayuntamiento de Reocín


 

 

 

 

 

 

 

 

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