El techo de cristal en la Ciencia y la Universidad: una realidad aún por resolver
Por Diego Garcia Saiz
La historia de la humanidad tiene gran cantidad de nombres femeninos en cuanto a ciencia se refiere, desde Hypatia de Alejandría, pasando por científicas como Ada Lovelace, Lise Meitner, Marie Curie o Margarita Salas, por poner unos pocos ejemplos de las muchas grandes investigadoras que merecen el reconocimiento de toda la sociedad por su labor. Las aportaciones que estas mujeres han realizado al campo de la ciencia son indispensables para entender nuestra historia y nuestro propio desarrollo como seres humanos y como sociedad. Sin ellas, no seríamos lo que somos ahora, y todos los grandes adelantos científicos y tecnológicos de los que disfrutamos no existirían. Sirvan como prueba los trabajos de Rosalind Franklin para la comprensión de la estructura del ADN o las contribuciones de Ada Lovelace en el campo de la programación.
Pese a ello, el techo de cristal es aún una muy triste realidad en el mundo de la ciencia y las universidades, siendo estas últimas los organismos en los que se genera la mayor parte de la producción científica en nuestro país. Para constatar este hecho, sólo hay que echar un vistazo rápido a los informes de diferentes organizaciones. En el informe de 2019 (1) de la mayor agencia pública y científica no universitaria de España, el CSIC, se muestra que el personal fijo laboral de esta institución está compuesto por solamente un 38.1% de mujeres, mientras que el 83.3% de los directores de los centros del organismo son hombres. En cuanto a las universidades, dos datos para denotar este hecho: en el último informe de “Científicas en Cifras 2017” (2) del extinto Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades se reflejaba que solamente había un 21% de mujeres en el cuerpo de catedráticos, y apenas ocupaban el 8% de los puestos de rectoras en las universidades públicas. En la Universidad de Cantabria se replica este problema, e incluso de forma más agravada: en 2019 las mujeres solamente representaban el 16.9% del cuerpo de catedráticos.
Si bien, en base a la evolución de estos datos a lo largo de los años, pueden observarse aumentos en estos porcentajes. Estos avances son muy lentos y nos dejan aún muy lejos del objetivo de eliminar las barreras que producen esta brecha de género. El desarrollo de los planes de igualdad o conciliación a todos los niveles, en cuanto a política pública científica se refieren, es imprescindible para progresar y dar solución a este problema. De hecho, tal como reconoce el Ministerio de Ciencia en su reciente informe “Género y ciencia frente al coronavirus” (3), las políticas de conciliación y de igualdad son indispensables para que la mujer no vea trastocada su carrera investigadora por las cargas en, por citar dos, los cuidados de menores o dependientes, que por desgracia y en promedio aun no son igualitarias, tal como se refleja en el documento.
Es de justicia reconocer que los diferentes organismos están comenzando a dar los pasos en la buena dirección. Como ejemplos tenemos los planes de igualdad y de conciliación desarrollados en la Universidad de Cantabria, que son revisados y mejorados continuamente. No obstante, y como ya comentaba anteriormente, estas iniciativas aún son insuficientes y se requiere de más políticas activas, con un apoyo económico solvente, para hacerlas realmente efectivas y poder solucionar el problema de la brecha de género en la ciencia. Y, por supuesto, la educación en igualdad aquí juega un papel fundamental.
Y aquí es en donde entra el polémico Estatuto del Personal Docente e Investigador (PDI), cuyo borrador para su discusión compartió recientemente el Ministerio de Universidades. Este documento debería servir, entre otras cuestiones, para tratar en profundidad los temas de igualdad y conciliación entre el profesorado universitario. Sin embargo, por poner un ejemplo, en la propuesta preliminar existente se incluyen medidas como la obligatoriedad de largas estancias fuera de su lugar de trabajo para el profesorado universitario, de cara a poder concursar a plazas permanentes y alcanzar así la estabilidad. Una medida que, tal y como se refleja en el mencionado informe de “Género y ciencia frente al coronavirus”, va en contra de la conciliación, sobre todo conociendo que muchas investigadoras e investigadores tendrían que cumplirla a edades ya maduras con hijos pequeños a su cuidado, dejándolos por tanto en una situación imposible. Sin menoscabo de la importancia que tiene la movilidad en la carrera investigadora, no se puede desarrollar un documento con medidas que compliquen o incluso impidan la tan necesaria conciliación. Es por ello importante que el futuro Estatuto del PDI que se apruebe se aleje de este tipo de medidas y se acerque realmente a la implementación de soluciones para eliminar la brecha de género. Esperemos que así sea.
En definitiva, el techo de cristal es aún una desgraciada realidad en la ciencia y las universidades españolas, y aunque se han dado pasos en la dirección correcta, queda mucho camino por recorrer. En la educación y en la responsabilidad de las administraciones públicas y de toda la sociedad está el cambiarlo.
Diego Diego Garcia Saiz es Profesor de la Universidad de Cantabria en el área de la Ingeniería Informática. Doctor en Matemáticas y Computación. Secretario de Formación del PRC.
1.https://www.csic.es/sites/default/files/informe_mujeres_investigadoras_2019_0.pdf
2.https://www.ciencia.gob.es/stfls/MICINN/Ministerio/FICHEROS/UMYC/Cientificas_cifras_2017.pdf
3.https://www.ciencia.gob.es/stfls/MICINN/Ministerio/FICHEROS/UMyC_GeneroyCienciafrentealCoronavirus.PDF

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